Los niños de las golosinas han crecido y comienzan a trabajar

Seis amigos -todos ellos alumnos de la misma universidad-estaban bebiendo y jugando a las cartas a altas horas de la ma­drugada cuando comenzó una discusión entre dos de ellos, Mack y Ted, que fue creciendo hasta que el primero montó en cólera y empezó a gritar. Ted, por su parte, permanecía frío y distante. Llegó un momento en el que Mack se enojó tanto que se levantó y desafió a Ted a una pelea, pero éste se limitó a responder tran­quilamente a la provocación, diciéndole que ya se pelearían cuando terminaran la partida.

Desencajado por la ira, Mack aceptó a regañadientes y, al con­cluir el juego al cabo de un rato, había tenido tiempo para cal­marse y ver las cosas desde otra perspectiva. De modo que, cuan­do Ted se dirigió tranquilamente a él diciéndole: «ahora ya no tengo ningún inconveniente en seguir discutiendo contigo», Mack -que había tenido suficiente tiempo para tranquilizarse y reconsiderar su postura- le presentó sus disculpas.

Veinte años después, Mack y Ted se encontraron de nuevo en una reunión de antiguos alumnos de la universidad y, mientras que éste había seguido una carrera triunfal en el ámbito de las in­versiones inmobiliarias, Mack se hallaba en el paro y tenía serios problemas con las drogas y el alcohol.

Las diferencias existentes entre estos dos muchachos nos ofrecen un testimonio sumamente esclarecedor de los beneficios que se derivan del hecho de no dejarse arrastrar por los impulsos, un comportamiento que depende del circuito inhibidor, regido por los lóbulos prefrontales y que, en momentos de rabia o tenta­ción, puede vetar los mensajes impulsivos procedentes de los centros emocionales, especialmente de la amígdala. Así pues, este circuito parecía funcionar adecuadamente en el caso de Ted pero no hacerlo tan bien en el de Mack.

La historia de Mack y Ted es un ejemplo perfecto de la trayectoria vital de dos grupos de niños acerca de los que hablé en mi anterior libro, Inteligencia emocional, participantes en el ex­perimento de la Universidad de Stanford conocido como «el test de las golosinas». El experimento consistía en llevar uno por uno a los niños de cuatro años de la escuela infantil de Stanford a una habitación, donde se les dejaba frente a una golosina encima de una mesa y se les decía: «Ahora debo marcharme y regresaré dentro de unos veinte minutos. Si lo deseas puedes tomar una go­losina pero, si esperas a que vuelva, te daré dos».

Cuando, catorce años después, estos niños acabaron sus estu­dios en el instituto, se vieron sometidos a un estudio comparati­vo entre aquellos que habían cogido inmediatamente el caramelo y aquellos otros que habían esperado para conseguir otro, cuya conclusión demostró que los que no habían sabido dominarse durante la prueba eran más proclives a ser víctimas del estrés, ten­dían a irritarse y pelearse con más frecuencia y también eran me­nos capaces de resistirse a las tentaciones en aras de la consecución de un determinado objetivo.

Pero lo más sorprendente fue que los investigadores constata­ron un efecto completamente inesperado, ya que quienes supieron resistirse a la tentación obtuvieron una media de 210 puntos (sobre un promedio de 1.600) más elevada en el SAT [examen de acceso a la universidad] que quienes no habían podido resistirse.

Para explicar mi hipótesis de por qué la impulsividad dismi­nuye la capacidad de aprendizaje convendrá ahora volver al vín­culo existente entre la amígdala y los lóbulos prefrontales. En tanto que origen del impulso emocional, la amígdala también es la fuente de las distracciones, mientras que los lóbulos prefrontales son la sede de la memoria operativa, es decir, de la capacidad para prestar atención a lo que ocupa nuestra mente en un deter­minado momento.

En la medida en que nos hallemos preocupados por pensa­mientos movilizados por nuestras emociones, la memoria opera­tiva dispondrá de mucho menos espacio atencional que, en el caso de los escolares, supondrá prestar menos atención al profe­sor, el libro, los deberes etcétera y, si la situación se prolonga a lo largo de los años, esta carencia se revelará en su baja puntuación en el SAT. Y lo mismo podríamos decir en el caso del trabajo, donde el coste de la impulsividad y la falta de concentración con­lleva una seria merma en nuestra capacidad de adaptación y aprendizaje.

Cuando los niños estudiados en Stanford alcanzaron la edad adulta e irrumpieron en el mercado laboral, las diferencias se hi­cieron más acusadas si cabe. Al final de la veintena, los que ha­bían sido capaces de superar, en su infancia, la prueba de la go­losina seguían demostrando una mayor capacidad intelectual, poseían una mayor atención y concentración, podían establecer y mantener relaciones sinceras, eran más confiables y responsables y poseían un mayor autocontrol ante las posibles frustraciones.

Por el contrario, aquellos otros que, a la edad de cuatro años. se habían lanzado en seguida sobre la golosina eran, al final de la veintena, menos competentes cognitiva y emocionalmente ha­blando. También solían ser más solitarios, más inseguros, más distraídos y más incapaces de posponer la gratificación en la con­secución de sus objetivos. En condiciones de estrés, mostraban una baja tolerancia y un escaso autocontrol, respondían a las pre­siones con muy poca flexibilidad y repetían una y otra vez la mis­ma respuesta inútil y obsoleta.

Pero la historia de los niños de la golosina encierra todavía más lecciones sobre el coste de las emociones descontroladas porque, cuando nos hallamos bajo el imperio de los impulsos, la agitación y la emoción, nuestra capacidad de pensar -y, en con­secuencia, también de trabajar- experimenta una considerable merma.

3 comentarios para “Los niños de las golosinas han crecido y comienzan a trabajar”

  1. marcapersonal » Blog Archive » Marca Personal Sostenible y Supernovas Dice:

    [...] “amigos”,…) como endeble. La cuestión es ¿Estás dispuesto a diferir ese beneficio inmediato a cambio de una recompensa mayor pero distante en el [...]

  2. Marca Propia » Blog Archive » Marca Personal Sostenible y Supernovas Dice:

    [...] “amigos”,…) como endeble. La cuestión es ¿Estás dispuesto a diferir ese beneficio inmediato a cambio de una recompensa mayor pero distante en el [...]

  3. Cristina Del Rio Rubio Dice:

    Es tal cual, y ojala todo el mundo tubiese las mismas oportunidades.

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